Todo vuelve

Todo vuelve

Todo vuelve, a su debido tiempo, pero vuelve.

 El año pasado tuve una experiencia que me hizo abrir aún más los ojos acerca de la importancia de hacer sentir a los niños experiencias que les lleven a entrar en contacto con sus valores y emociones. De crearles espacios adecuados donde puedan permitirse hablar y experimentar en primera persona ese mundo emocional que llevan dentro y que les conecta a su vez tanto con el resto de personas. De experiencias que le involucren en la generosidad y la gratitud.

Los adultos en muchas ocasiones sermoneamos demasiado con buenas lecciones e insistimos una y otra vez acerca de cómo deben comportarse.  No digo que esté mal y que no sea necesario, sin embargo, mucho más les vale nuestro ejemplo y aún más el entrar en contacto directo con ese sentimiento o valor que le deseemos transmitir.  Ya podemos decirle una y mil veces algo en concreto, que no lo harán hasta que ellos mismo de una manera u otra tengan una experiencia con lo que le estamos tratando de explicar.

Y esto fue lo que exactamente nos ocurrió a nosotros el año pasado….

Estábamos en una pista de patinaje sobre hielo mis dos hijos, su padre y yo. En ella había cientos de personas y entre ellas decenas de niños. Algunos de ellos, seis para ser exactos, disponían de unos arrastres con forma de pingüino para sostenerse y aprender a patinar. Sepan o no sepan deslizarse por el hielo, es raro el niño que se resiste a empujar a uno de esos pequeños animalitos.  Tratar de conseguir uno era toda una aventura y acto de paciencia. Cuando un chaval se hacía con uno de ellos no lo soltaba en bastante rato, y desde luego lo hacía a base de insistencia. Al cabo de una hora aproximadamente logramos hacernos con uno. Cuando apenas llevaban 5 minutos les dije que debían dejarlo a otros niños porque había muchos que aún no habían tenido ocasión de empujarlo. – ¡Mamá, si sólo lo hemos tenido 5 min!  – ¡Los demás lo han tenido mucho más tiempo!   Los entendía perfectamente, sin embargo, les hice entender que debían entregarlo a niños que no lo habían tenido aún; llegaba la hora de desprenderse de él y entregarlo a un niño que supieran que no lo había tenido.

Bueno, a partir de ese instante todo comenzó a suceder muy rápido, los pingüinos iban de mano en mano con mucha más celeridad, pasando de un niño a otro cada muy poco tiempo. Eran muchos más los críos que disfrutaban del entretenimiento.  Mis propios hijos se estaban dando cuenta de lo sucedido y tuvieron ocasión de volver a empujar un pingüinito… Observaban cómo se lo pedían unos a otros y eran cedidos sin vacilaciones…  Eran tal el trasiego de animalitos que de repente, mis hijos se vieron ¡!con cuatro de ellos!!  Me miraron, me acerqué a ellos y me preguntaron: – ¿Qué está pasando mamá?  Únicamente les dije que su generosidad les había vuelto.

Algo mágico ocurrió y desde entonces hay más generosidad en su interior. Habían entendido lo ocurrido.  No de una manera forzada ni a base de haberlo repetido una y mil veces, sino por haberlo experimentado ellos mismos en primera persona, habiendo formado parte de la espiral de la generosidad que volvió a ellos.

 

Sobre la autora

facebook-profile-picture Rosario Cassini
Licenciada en Economía por la UAM. Postgrado en gestión y dirección de Escuelas infantiles por la Universidad de Alfonso X El Sabio. Máster en Coaching e Inteligencia Emocional por la Universidad de Alcalá de Henares. "Recordad que la educación depende de la formación del corazón". Juan Bosco

Comentarios

  1. Gema - agosto 3, 2016 a las 21:02

    Ya decía Einstein que “Dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás; es la única manera.” y parece que era un señor muy sabio… 😉
    GRACIAS, Rosario, por VIVIR lo que cuentas… y por contarlo con tanta PASIÓN.
    Te sigo de cerca…

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